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martes, 26 de mayo de 2015

EL INTERES DEL MENOR EN LOS MODELOS DE GUARDA Y CUSTODIA

 Articulo interesante publicado en La Verdad de Murcia el 19-05-2015 por Dionisio Roda

 
En nuestro ordenamiento jurídico existen en la actualidad dos modelos que con mayor o menor acierto regulan las relaciones de los hijos con sus progenitores en situaciones de crisis matrimonial o de pareja, el denominado custodia exclusiva o el coloquialmente conocido como compartida. Ambos modelos tienen detractores y partidarios los cuales, coinciden únicamente en utilizar el concepto en abstracto del interés del menor para justificar las bondades de su modelo o resaltar las deficiencias del contrario.

Los partidarios de la custodia exclusiva postulan que este modelo garantiza la estabilidad del menor en su vida cotidiana, lo que indudablemente favorece su interés al no fomentar una inestabilidad de domicilios, horarios, y relaciones personales que contribuyen negativamente a su desarrollo evolutivo.

Por su parte, los defensores de la compartida, argumentan que beneficia al menor al poder mantener una relación más igualitaria con ambos progenitores y sobre todo más duradera, permitiendo que se desarrolle la corresponsabilidad paterna, lo que a la larga beneficia al desarrollo evolutivo del menor.

El Tribunal Supremo en sus últimas resoluciones se posiciona favorablemente a favor de uno de los modelos en el sentido de considerar que la compartida es un modelo normal no excepcional, prioritario frente al tradicional de custodia exclusiva, al establecer que es más beneficiosa para el interés del menor.

Existe una radicalidad manifiesta a la hora de defender uno u otro modelo. Lo que perjudica la determinación efectiva del interés del menor.

Debemos plantearnos si ambos modelos de custodia pueden ser considerados a partes iguales beneficiosos para el interés del menor o si por el contrario alguno es más beneficioso que otro, o ninguno.

Partiendo de la dificultad que existe a la hora de determinar el sentido del interés del menor al ser éste un concepto jurídico indeterminado, es arriesgado afirmar que cualquiera de los dos modelos de custodia en abstracto es beneficioso para el menor. Porque este interés debe ser determinado en cada caso concreto, dado que no existen dos intereses iguales. Es más correcto defender que ambos modelos de custodia pueden ser beneficiosos en función de cada menor y teniendo en cuenta que cada situación post- ruptura de los progenitores presenta una características particulares.

Ni el fracaso ni el acierto de un modelo de custodia debemos buscarlo en las particularidades del mismo, sino en la forma de desarrollarlo por los progenitores. Partiendo de esta premisa, para cada menor será beneficioso cualquier modelo de custodia siempre que el ejercicio concreto y efectivo del mismo respete su dignidad personal y favorezca su desarrollo evolutivo. Deben los progenitores en los supuestos donde exista acuerdo o el Juzgador cuando éste no haya sido posible, decidir entre uno u otro modelo de custodia no en función de sus preferencias personales sino en base de una serie de factores que deben ser tenidos en cuenta, entre los que hay que destacar la opinión del menor con madurez suficiente y la idea de que su interés no es un concepto abstracto sino el resultado de una reflexión concreta y particular para cada menor, sin que sean posibles las analogías.





domingo, 1 de marzo de 2015

Próxima conferencia de ciclo "4 miradas"

Viernes, 6 de marzo de 2015: CIENCIA, POLÍTICA Y LIBERTAD: DESAFÍOS PARA HOY Y PARA MAÑANA
Juan Arana Cañedo-Argüelles
Catedrático de Filosofía. Universidad de Sevilla


En esta conferencia vamos a reflexionar sobre las relaciones entre el concepto de ciencia y el de libertad. Lo que más nos preocupa hoy es que el avance del saber y el incremento de poder que éste proporciona redunde en detrimento de la libertad. Que no ocurra así, que las conquistas de la ciencia no esclavicen a nadie, es un objetivo que cabría resumir bajo la rúbrica "investigar para la libertad". Sin embargo, no basta con que haya libertad en el fin y en los medios de la investigación; también es indispensable que la haya en el principio mismo.
 
 
 



Defensores de la educación en el mundo


Recientemente Antonio Argandoña nos ha animado a dirigir la atención a un artículo de Rebecca Winthrop, una de las colaboradoras más prestigiosas de la Brookings Institution norteamericana en temas de educación y desarrollo. Hace unos días Rebecca publicó una entrada en el blog de  Brookings con el sugestivo título de “¿Podría ser el Papa Francisco el más grande defensor de la educación en el mundo?” (aquí, en inglés). El artículo empieza contando cómo fue invitada a una reunión en el Vaticano para tratar de temas educativos. “Como no católica, este era un nuevo territorio para mí”, confiesa.
De modo que se puso a leer cosas sobre la Doctrina Social de la Iglesia católica sobre educación. “Y descubrí una Iglesia muy diferente de la que aparece habitualmente en los titulares de la prensa. Los conceptos de dignidad humana, igualdad, el derecho de las personas a la plena participación en la sociedad y, en consecuencia, la llamada a proporcionar una protección especial a los pobres y vulnerables y a actuar buscando el bien común” llamaron su atención.

Para alguien interesado en el derecho universal a la educación, “la potente idea de que todas las personas formamos parte de una única familia humana, sin importar quién eres, de dónde eres, cuál es tu sexo, y si eres rico o pobre” le pareció particularmente atractiva”. Por eso afirma que “mi viaje al Vaticano me enseñó que hay mucho más terreno común del que parece, entre las comunidades religiosas y las dedicadas a la educación global”. De hecho, la última de sus recomendaciones es “apoyarse en la tradición educativa católica”.

La Iglesia católica tiene muchas joyas que pueden servir de guía a la sociedad, porque se basan en una concepción de la persona que es muy rica y muy prometedora. Hay que leer los textos que ha publicado sobre estos temas, dejando de lado los prejuicios de que hace gala nuestra sociedad laicista. Y tienen que hacerlo, sobre todo, los científicos sociales, que son los que pueden entender qué hay que interesante y de prometedor en lo que dice la Iglesia.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Cuaresma: contra la “globalización de la indiferencia”


Apagadas las luces y terminado el jolgorio del carnaval, con el “miércoles de ceniza” (el día 18 de febrero) ha comenzado el tiempo de cuaresma: cuarenta días en los que evocamos los que Jesús pasó en el desierto, orando y ayunando, preparándose para su vida y ministerio público. Este tiempo litúrgico es la preparación necesaria para la más solemne de las celebraciones cristianas: el misterio de la Pascua del Señor. Fue en el Concilio de Nicea (año 325) cuando todas las Iglesias (orientales y occidentales) se pusieron de acuerdo para que la Pascua cristiana se celebrara el domingo siguiente al plenilunio (día 14 del mes de Nisán), después del equinoccio de primavera.

La cuaresma es un tiempo de conversión (en griego, metá-noia: cambio de mentalidad) y purificación interior, alegre y esperanzado, porque nos invita a dejar atrás el ruido y la estridencia, la frivolidad y el atolondramiento, el jugar a ser lo que no se es (la existencia inauténtica), el vivir deprisa y sin un sentido claro; y nos dispone a buscar el silencio, el recogimiento interior, el auto-dominio, para un renovado encuentro con Dios, consigo mismo, con el prójimo, y para una relación más sensata con los bienes materiales. Los elementos esenciales de la cuaresma son la oración, el ayuno (la penitencia) y la limosna (la práctica o ejercicio de la caridad).

El Papa Francisco nos ha dirigido a todos un hermoso mensaje para la cuaresma de este año, titulado «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8), que vale la pena meditar. En él afirma que «la cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente; pero, sobre todo, es un “tiempo de gracia” (2 Cor 6,2)». Es, a la vez, un tiempo de fructuosa penitencia, en el que podemos liberarnos de ciertas “adicciones” y abstenernos no sólo de carne –los viernes–, sino también de un uso inmoderado del móvil (y otros dispositivos electrónicos), el whatsapp, las redes sociales, la televisión, etc.; porque «con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestro afán de suficiencia y a compartir nuestros bienes con los necesitados, imitando así tu generosidad» (prefacio IV de cuaresma).

Es también un tiempo para superar el individualismo y la indiferencia. Desde los comienzos de su pontificado, Francisco ha clamado contra la “globalización de la indiferencia”. Ciertamente, «cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen (…). Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial (…) una “globalización de la indiferencia”». Sobre todo en los países más desarrollados, «tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir». Ojalá nos sintamos interpelados por estas palabras y, superando la tentación de la indiferencia, seamos más compasivos y activamente solícitos.

 Javier García-Valiño Abós (jgarciaval@gmail.com)

miércoles, 18 de febrero de 2015

La ceniza y la cabeza

Artículo de Enrique García-Máiquez (diario de Cádiz)

 

DESDE hace diez años publico los miércoles para todo el Grupo Joly; llevo, por tanto, un decenio asombrándome cada año de la casualidad de que me toque escribir los días de Ceniza justamente a mí, columnista confesional y ritualista donde los haya. Esta vez, sin embargo, voy a aparcar la broma, no tanto por repetitiva y cansina -yo no me canso nunca de una tradición-, como porque, tras la decapitación en Libia de 21 egipcios, cristianos coptos, no estamos para chistecillos. El hecho es tan grave que exige, como nos enseñó Tomás Moro, un humor salvaje, desafiante, teológico y místico. Ya saben: cuando Moro esperaba para ser decapitado notó cierta jaqueca, pero se felicitó de que su rey, tan atento, fuera a administrarle enseguida una medicina que cortaría el dolor de golpe.

Esta tarde, cuando incline la frente para que me impongan la ceniza, sentiré que, junto al símbolo penitencial antiguo, mi cabeza se troncha (indoloramente) sobre mi cuello en un homenaje a los nuevos mártires. Se nos recuerda en los medios que Libia es el patio trasero de Europa para que entendemos lo cerca que están los bárbaros, pero en realidad están más cerca. A los 21 egipcios los han matado por creer lo mismo que nosotros: que Dios es Amor y familia trinitaria, que la Virgen es madre de Dios y que nosotros gozamos de la libertad de los hijos, pues no somos siervos sino hijos de Dios. La Semana Santa, con sus cientos de imágenes, el Rocío, todas estas fiestas que nos resultan tan íntimas como el respirar son consideradas ahí, al lado, delitos penados con la muerte.

Y todavía están más cerca. Para los católicos, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y esas decapitaciones nos las hacen en Él a nosotros. Estos días he caminado entre mis problemas menores como un cefalóforo simbólico, sin cabeza para tonterías. Los cefalóforos son esos mártires, como san Dionisio o santa Winifreda, que llevan su cabeza entre las manos, como un farol o un altavoz, y siguen predicando tras su muerte. Así, exactamente, nos continúan dando ejemplo los 21 egipcios; y así estamos espiritualmente, cercenados en nuestro propio Cuerpo (Místico).

Santo Tomás Moro explicaba a su hija Margaret, consolándola, que un hombre puede muy bien perder su cabeza y no sufrir daño alguno. Ése ha sido el caso de los mártires coptos, que murieron rezando. A nosotros nos toca ahora guardar, defender y vivir la fe que les hace inmune.